CARTA DE DESPEDIDA A UN AMOR.




Alguna vez escuché que a una fiesta hay que llegar elegantemente tarde y retirarse antes de que termine y precisamente esa es la descripción de nuestra relación. Llegaste tarde, como siempre, después de que la vida se había encargado de llenarme de miedos y resabios.
Cuando ya había declarado a voz en cuello que nunca más iba a caer en las redes del amor, apareciste con tu paso decido y esa barba de dos días que hacía sombra a tu sonrisa.

Una flor, un café y una simple frase fueron suficientes para que te instalaras en mi cabeza y te ganaras mi confianza. Luego de una tarde, caminando a tu lado mientras veía el sol caer, ese beso me derritió y me convirtió en millones de átomos y moléculas que se dispersaron en el aire. No se dónde me quedaron la razón y el instinto. Esos primeros meses fueron sencillamente mágicos. Pero de repente, todo cambió. Ya no tenías ese brillo en tu mirada, parecías ausente y distante. Y yo me reía de mis amigas y les decía que era imposible que tuvieses otra, que tú no eras de esos y que no necesitaba monitorearte todo el tiempo porque
confiaba en tí. Así soy yo: confiada, un poco ilusa, es cierto, pero también sincera. Te di lo mejor de mi todos estos años y por ello puedo decirte que tengo la conciencia muy tranquila, aunque el corazón destrozado.

Cuando me comprometo con algo, con alguien, lo hago por completo; con honestidad y la mejor de mis sonrisas. Te ofrecí desinteresadamente mi corazón, mis sueños y mis ilusiones pero lamentablemente no supiste corresponder a ese compromiso. Y me diluí, me perdí en medio de ese espejismo que me gustaba llamar ‘nosotros’. Quizá me hubiese hecho menos daño saber que ya no sentías lo mismo, esas cosas pasan; pero enterarme que había otra
persona en tu vida por otras bocas, comprobarlo con mis propios ojos, me ha hecho sentir más que triste: estoy profundamente decepcionada de mi misma. Porque no perdí el tiempo estando contigo, me perdí a mi misma persiguiendo un sueño. Eres un puñado de arena que se
deslizaba por mis dedos y no quise darme cuenta.

Es por ello que te escribo esta carta, no para decirte que eres una mala persona pues eso debes saberlo de sobra, sino para decirte que hoy me hago un regalo inmenso y precioso: mi libertad. Te despido de mi vida definitivamente, porque sencillamente no mereces mi amor ni mi
sinceridad, es como regalarle perlas a los cerdos. Y si, es cierto, tal vez pase una temporada llorando y tratando de recoger los pedacitos de mi alma, pero se que en algún momento me despertaré feliz de ver el sol nuevamente bañando mi ventana, feliz por estar viva y rodeada
de bendiciones, lejos de quienes que me hacen daño. Esta vez la que se va antes de que se termine la fiesta soy yo.


Como dice Joaquín Sabina: Este adios no maquilla un hasta luego, este nunca no esconde un ojalá. Este pez ya no muere por tu boca, este loco se va con otra loca, estos ojos nunca  lloran más por ti.

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